La especie humana está en peligro

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Global Youth Leadership Forum 2020

 

La especie humana está en peligro

 

María Gálvez del Castillo Luna1

 

 

Pérdidas humanas, incertidumbres y largas colas en los bancos de alimentos. En África, vuelven las inundaciones. La pérdida de la biodiversidad y las sequías se aceleran en el mundo, encareciendo costes sobre la agricultura y la pesca. El litoral sufre graves daños por la subida del nivel del mar y las temperaturas son cada vez más extremas. He leído recientemente que los seres humanos somos el virus del mundo. Discrepo, no es cierto. No somos un virus, quizás, más bien, una especie en peligro.

La protección de la humanidad y su hábitat -el planeta Tierra- debería ser una cuestión prioritaria. La emergencia climática, la perdida de biodiversidad y la pandemia global por la enfermedad del coronavirus (COVID-19) -a la que posiblemente le seguirán otras- acechan nuestra supervivencia. El ser humano ha de ser consciente de sus responsabilidades y acciones para con los demás, su entorno y respecto a sí mismo. Debe preocuparse por cuestiones como la salud, el bienestar social, unos ecosistemas saludables, la igualdad y la dignidad, y asegurar su defensa.

Cuenta Jared Diamond en Colapso que mientras los habitantes de la isla de Pascua estaban muy ocupados deforestando las tierras altas de su superpoblada isla para establecer plantaciones agrícolas en el siglo XV, no tenían ningún modo de saber que al mismo tiempo, a miles de kilómetros hacia el este y el oeste, la sociedad noruega de Groenlandia y el Imperio jemer sufrían simultáneamente una decadencia terminal. Hoy, sin embargo, podemos seguir en tiempo real como la pandemia de enfermedad por el coronavirus se ha ido extendiendo por todo el mundo, alcanzando, a mediados del mes de mayo, la dramática cifra de más 4 millones y medio de contagiados, más de 300 mil muertes humanas y repartidos por casi 200 países, según datos de la Organización Mundial de la Salud. La rápida propagación del virus por el globo terráqueo -como ocurre con las consecuencias de la crisis climática- no entiende de fronteras ni de ideologías. O nos salvamos unidos y cooperando o perderemos todos separados dentro de nuestras fronteras.

Con el objeto de parar la transmisión del COVID-19 la mayoría de gobiernos del mundo han impuesto restricciones a actividades económicas no esenciales, con recomendaciones a la ciudadanía de permanecer seguros en casa. En consecuencia, más de la mitad de la población mundial se ha confinado en sus hogares -en algunos lugares con grandes dificultades sociales y económicas-. Y nuestras ciudades temporalmente, en ausencia de coches y actividad industrial, han tenido un aire un poco más limpio. Incluso en la India, con una población superior a los 1.300 millones de habitantes, han disminuido las emisiones de dióxido de carbono por primera vez en cuatro décadas.

En la actualidad, las incertidumbres sobre el virus y la enfermedad siguen siendo enormes y la comunidad científica trabaja a contrarreloj para intentar despejarlas. Sin vacuna contra el COVID-19, quizás, las restricciones o confinamientos intermitentes se alarguen durante un tiempo en distintos países y disminuyan temporalmente las emisiones de gases de efecto invernadero por el descenso de la actividad económica en el mundo, tal y como refleja el análisis de Carbon Brief. Sin embargo, la dramática pandemia global y la crisis económica y social que estamos sufriendo no es ninguna solución para la emergencia climática. De hecho, según datos recientes de NOAA -la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos de América- las concentraciones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero continúan siendo extremadamente altas a nivel global y nocivas para la humanidad.

El aumento del nivel del mar que se acelera, amenazando a millones de personas en las ciudades costeras del mundo, y las sequías y eventos climáticos extremos, cada vez más frecuentes, nos recuerdan que no debemos olvidar la crisis climática y sus graves consecuencias sobre la especie humana y la economía global. Y como en otras emergencias resultará más efectivo y económico prevenir el daño que pagar el alto coste de no actuar a tiempo. Por citar algún ejemplo con datos económicos, sin contar el coste social y medioambiental, según el programa de investigación U.S. Global Change en Los Estados Unidos de América se pierden 500 millones de dólares anuales por daños en propiedades e infraestructuras en la línea de costa relacionadas con la subida del nivel del mar.

La emergencia humanitaria por la crisis sanitaria y económica global del COVID-19 es ahora. Los primeros esfuerzos individuales y colectivos se dirigirán a asegurar unas condiciones de vida digna a la ciudadanía - salud, alimento, alojamiento, seguridad, ...-. Pero, al mismo tiempo, sería conveniente reflexionar, con serenidad y entre todos, cuántos de nuestros hábitos de consumo anteriores a la crisis sanitaria podemos mantener y qué tipo de economía necesitamos si queremos evitar nuevos y costosos desastres globales.

Quizás, sea una oportunidad -aprovechando los grandes sacrificios y esfuerzos que están realizando el personal sanitario, la comunidad científica y el personal de trabajos esenciales. Sin olvidar, a las empresas, ONG, administraciones, gobiernos y ciudadanía- para orientar los paquetes de estímulos económicos hacía una economía baja en carbono, favorecer el bienestar social y potenciar la protección de la naturaleza y el impulso de la I+D+i. Fortaleciendo y garantizando, además, el cumplimiento de las normas medioambientales, con el objeto de no caer en errores pasados que agraven los problemas actuales.

Algunas medidas, que en principio no deberían resultar complejas, pueden ayudar a avanzar hacía una económica baja en carbono, como son:

  • Adaptar las ciudades a las personas, favoreciendo una movilidad sostenible. Con más calles peatonales, aceras anchas, ciclovías cómodas y seguras y una red de transporte urbano e interurbano sostenible y bien conectado.

  • Impulsar el teletrabajo, pero con garantías y con posibilidades reales para conciliar con la vida familiar.

  • Más zonas verdes y arbolado público, preferiblemente con especies nativas y endémicas, que requieran poco mantenimiento.

  • Infraestructuras y edificios más eficientes.

  • Potenciar el ahorro y la eficiencia energética.

  • Impulsar la economía circular.

  • Favorecer la pesca y agricultura sostenible y ayudar a la modernización de la flota.

  • Promover el consumo responsable y de cercanía.

  • Impulsar el turismo sostenible.

  • Proteger y poner en valor el patrimonio natural y cultural de las ciudades y darlo a conocer a

    través de la educación y el turismo responsable.

  • Proteger el litoral y los ecosistemas costeros e impulsar una gestión integrada de las áreas

    litorales.

  • Impulsar planes y estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático con respaldo

    económico.

  • Promover el tren como medio de transporte para desplazamientos a nivel nacional, al menos

    en Europa, e impulsar que las aerolíneas se centren en los viajes internacionales.

    Y, también, es el momento de otras acciones, valientes y necesarias, dirigidas a la reorientación de las industrias de combustibles fósiles y las del motor, evitando pérdidas de empleo, hacía energías más limpias y vehículos más sostenibles. Asimismo, es fundamental un multilateralismo eficaz y, lo reitero, necesitamos reforzar y hacer cumplir las normas medioambientales y de protección a la naturaleza.

    Asegurar la protección de la especie humana y su hábitat -el planeta Tierra- exigirá grandes cambios sociales a largo plazo, que requieren ciencia y conciencia, cohesión social y unión internacional. Y, también, de liderazgos solventes y una ciudadanía responsable, que trabajen con honestidad, tengan capacidad y valentía para romper con las inercias, respalden la toma de decisiones en el conocimiento científico-técnico y antepongan el bien común al voto en las urnas. Es el momento, por tanto, de construir entre todos un mundo más saludable, seguro y sostenible para nuestra especie.

    1 Oceanógrafa y ambientóloga. Doctoranda en la Universidad de Cádiz. Investigadora visitante en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y Líder experta del Global Youth Leadership Forum.

 

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